miércoles, 4 de febrero de 2026

**Un sapo saltarín.



Un sapo saltarín que por una ciénaga saltaba con alegría, cantaba croando y sin fin.
Un mal salto se pegó y al río fue a parar, y de bruces que se dio con una ranita que cantaba croa, croa.


Dándose de óxicos, sus lenguas toparon ya. "A qué asco", dijo la rana.
El sapo de ella se enamoró, saltando entre las aguas; con la orilla se pegó, en una piedra afilada, y él dijo: "Hay que dolor".


Al atardecer del otro día, el sapito la fue a buscar; saltando con alegría, al río fue a parar.
Croando se pasó toda la tarde, esperando a su amor, a que saliera del agua, y su ociquito asomó.


¿Dijo el sapo?
Hay ranita que te quiero, y la rana dijo: "No, pues tú eres muy feo, la madre que te parió".
Ay, sí soy un sapo; ¿cómo quieres que sea con mis bultos blancos? Son lindos, aunque tú no lo creas.


Hay, sapito, tú no ves cómo soy yo, una ranita suave con rayitos como un sol.


Sí, ranita, es que yo te quiero; pasearías un rato conmigo y verás qué listo soy.
Así, a la luz de la luna, pasearon los dos; él le contaba cosas hermosas, cosas que solo eran de dos.
Saltaron un poco más, y a la carretera fueron a parar; de pronto, una luz los cegó sin poderlo evitar.


Ella saltó y saltó, y contra el coche fue a parar, pegándose contra el faro, e inconsciente quedó allá.
El sapito, que era muy listo, a su grupa la llevó, la agarró entre sus verrugas, saltando hasta su rincón.
Vivía en una cueva, cerca de un manantial de agua pura y fresca; allí la fue a lavar, con sus patitas muy sucias que Blanquita le dejó. Le hizo el boca a boca, y se puso algo mejor.


Así la metió en el agua, que casi mágica sería, curándole las heridas y, croando, se puso a nadar.
Y el sapo que la miraba sin quitarle el ojito: Unnn, qué linda eres, ranita, ¿cómo nadas, mi amor? Estaría toda la vida viéndote ese cuerpo de ilusión, que bien sabes que te quiero y te entregaría mi corazón.
Hay sapito caprichoso que tú me quieres tener, y trincarme descuidada y poseerme después.


La ranita presumida no le quitaba el ojillo, pero con él se quedó; estuvieron mucho tiempo hasta que de él se enamoró.
Los dos cantaban a dúo y se casaron los dos, y tuvieron sapiranas en la charca del amor, y tuvieron muchos hijos y cantaban a la vez.
Formando una orquesta, siendo muy felices, pues.
Y paseaban por las noches, con la luna sobre sus pies.

Enrique Nieto Rubio.
Derechos reservados.
J.D.DODA.YM,VJ.




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