viernes, 27 de septiembre de 2019

**Cuando te canses de mí.



Cuando te canses de mí,
 Y que ya no puedas más.
No te despidas de mí.
 Por favor, no me digas nada.
*

Cuando te quieras marchar,
Porque viste otro querer.
No me cuentes tú los detalles.
 Que no los quiero saber.
Si te fueras a otro mundo,
Para nunca más volver.
No me digas que te fuiste.
 Que yo siempre esperaré.
*
Y si te casas con otro,
 Y no me quieres hablar.
Permite que yo te hable.
 Qué feliz así serás.
Más si me quieres tener,
 En esa cajita de amor,
Guarda fuerte la llave.
 Que tú y yo solo somos dos.
*
Y si alguien la pudiera encontrar
Y está llena de flores.
Entiérrala en un jardín. 
Que allí brillaran los amores.
Y si en un caso él te dijera,
 que sí tuviste otro amor,
No le digas que me tuviste.
 Di que fue un sueño de pasión.
*
Pues si no lo haces, vivirá intranquilo.
 Pensando si te di.
El amor más puro y rico, 
Que tan solo nace de ti y de mí.
Con deseos y dulces caricias,
 Con esos besos de amor...
Que nos dimos en aquella vida,
 y que nunca se apagó.
*
Cuando te canses de mí, chiquilla... 
No me digas adiós.
que mi alma sabrá sentir. 
Cuando se muere una flor.
Enrique Nieto Rubio.
*Derechos reservados.*
Colabora en imágenes.
Silvia Regina Cossio Cámara.

miércoles, 25 de septiembre de 2019

**Tú siempre me llamas.




Me llamas, me llamas.
 Todos los días me llamas.
*
Ya no sé qué responder...
 Si te digo que te amo,
Terminamos discutiendo.
 Y nos peleamos otra vez.
*
Pero tú siempre me llamas.
 Pero ya no sé qué sentir.
Si te digo que te quiero...
 Que no puedo vivir sin ti.
Tú te pones bravucona.
 Te despides y te quieres ir.

Yo no sé lo que te pasa. 
¿Por qué te escabulles de mí?
*
Al día siguiente me llamas.
 ¿Qué quieres ser más feliz?

Ya no sé en qué pensar.
 ¿Por qué no me quieres contigo?
Sí, yo aquí es que me muero...
 Por no tenerte en mí;
Entonces, ¿por qué me llamas? 
Si nada me quieres decir.
*
¿Será que vives con otro?
 Y él ya nada siente por ti...
*
Entonces dímelo tú.
 ¿Qué es lo que esperas de mí?

Que por tus huesos me muero.
 Y nunca estás en mí.
Pero tú siempre me llamas. 
Y nunca me dices nada.
*
Me paso días y meses.
 A que tú me quieras contar. 
Lo que pasa por tu mente,
 Si me quieres de verdad.
Esto se ha vuelto una tortura...
 De tenerte sin estar,
De amarte sin que me quieras.
 De besarte sin darme nada.
Solo me llamas y me llamas...
 Pero nunca dices nada.
*
¡Esperaré hasta mañana! 
¡Tal vez tú me quieras contar!


Enrique Nieto Rubio.
*Derechos reservados.*
Colabora en imágenes.
Silvia Regina Cossio Cámara.

miércoles, 18 de septiembre de 2019

**Una carrera de estudios. (para mayores.)

 
Terminamos de estudiar en el instituto. Antonio, María y yo... juntos decidimos ingresar en la universidad, para estudiar asuntos sociales y demás.
¡AH, y mi nombre es Juanjo! Antonio y María son pareja. Bueno, medio pareja. El caso es que nos tuvimos que desplazar a otra provincia; esta es Jaén, en Andalucía.
Pero nuestro poder adquisitivo es escaso. Entonces decidimos irnos juntos y alquilar un piso, pero la madre de María decidió también venirse con nosotros, pues dejar a su hija con dos chicos tampoco lo veía muy bien. Pues ella es una madre separada desde hace siete años.

En Jaén, alquilamos un piso todos juntos; cada uno tenía una habitación. La madre de María encontró un empleo, y entraba a media mañana y después a las cinco de la tarde.
Yo me busqué un trabajito, de noche de camarero, y entraba a las 9 de la noche. Y la universidad entraba por la tarde, a las cuatro. María y Antonio entraban de mañana.
A los tres meses, las cosas empezaron a complicarse. Antonio lo vio María una mañana ligándose a otra chica, y María empezó a cabrearse con él. Todo eran discusiones.
Una tarde después de almorzar, yo siempre me echaba una pequeña siesta y había bebido bastante gazpacho, pues me gusta muchísimo, y en la siesta me quedé frito.
Pero ya saben, los hombres cuando dormimos... si nos estamos orinando, se nos pone eso bien tieso; y por lo visto, durmiendo se me salía la puntita por encima de los calzoncillos, y entonces entró María.
Algunas veces, cuando veía que podía llegar tarde, me despertaba. Al entrar vio aquello y no tuvo más que tocarme la puntita, como broma, supongo yo.

Di un salto de muerte, y ella se asustó, retrocediendo bruscamente con tan mala pata que tropezó y se dio en la cocorota con el pico del armario, y se hizo una chispa de sangre.
Yo corrí a por un trapo mojado en agua y algo para curarla; le limpié la herida. Yo estaba sentado en la cama, y ella de rodillas en el suelo con la cabeza en mis pies. Cuando me disponía a echarle micro mina, entró Antonio.
Creyendo que María me la estaba eso haciéndomelo con la boca, Antonio sin pensarlo me dio un puñetazo, tan grande, que me dejó "cao", estrellándome contra la mesilla de noche y me dejó inconsciente.
María empezó a pegarse con él, por todo; en ese instante, la madre de María entraba en la casa. María lo estaba echando a la calle, diciéndole de todo; la madre de María no se lo pensó y le dijo:
Recoge todas tus cosas y te vas de aquí, ¿venga?
Antonio se fue con otra compañera de la universidad.
María era una chica guapísima y estaba muy bien; poco a poco fuimos intimando y bastante rápido. Aquella punta, que después me explicó, le había hecho mella en su mente.
Con el tonteo, María se acostumbró a dormir la siesta conmigo; la madre lo sabía, solo era dormir, nada más.

Una tarde, ella entró en mi cuarto y se subió encima y empezamos a hacer el amor locamente. En los gemidos, entró la madre a la casa, y María se había dejado la puerta abierta; cuando me di cuenta, ya era tarde. Ella se balanceaba encima de mí, como si montáramos a caballo.
Lentamente, yo vi. De refilón la cabeza de su madre, que miraba por la rendija, así que no hice ni caso, ¿para qué?

Ella estuvo bastante rato mirando, hasta ver cómo su hija se corría tremendamente, y yo con ella. Cuando terminó, la madre se marchó a la cocina y disimuló como si no hubiera visto nada. Yo me levanté para ir a la universidad y después me iba a mi trabajo.
Transcurrió el tiempo. Yo, como siempre, me acostaba tarde, pues salía a las tres de la madrugada.
Una mañana, cuando dormía, las persianas estaban siempre cerradas, para que la luz no entrara.

Esa mañana, María entró en mi dormitorio, estaba desnuda, se subió encima de mí y, despertándome con mordisquitos, empezamos a hacer el amor. Pero su pasión era demasiado rápida y sus pechos parecían más grandes.
Olía demasiado bien, con un perfume diferente, y cómo besaba, era tremendo; yo, entre sueños, no conseguía centrarme en las formas.
Acariciaba ese cuerpo y mi excitación era tremenda. Ya empezaba a gemir y gemir hasta correrse; yo solo de oírla, también me fui de gusto. Oooo, qué sensación tan linda.

Me acarició la cabeza con sus dos manos y salió de la habitación, sin decir nada; con la luz de la puerta vi.

Que era la madre de María, y seguí durmiendo. Cuando me desperté. Allí estaba María; esa semana tenía la regla y la madre lo sabía. Me fui a la universidad; como siempre, todo siguió igual. La mirada cómplice de la madre de María era para mí muy excitante.
Pasaron los días y ella volvió a repetir, en varias ocasiones, aquel encuentro. Yo me dejaba; era fantástica la de cosas que me hacía, unununu de todo menos malo.

Me tenía loquito, más que a su propia hija; estaba tremenda, ese cuerpo de largas piernas lo pasábamos divino de la muerte.
Un día, la madre de María nos presentó a un amigo que conoció en el trabajo. Si era buena persona y bien parecido, yo me dije: "Este es quien se la va a tirar de gordo".
Nos invitó a una cena, en un buen restaurante, y desde entonces, ella ya no se metía en mi cuarto. Bueno, sí, un par de veces más, susurrándome que estaba muy bueno.

Así pasaron hasta la graduación, casi tres años inolvidables. Volvimos a casa y con el tiempo nos casamos y su madre se unió con este chico, quedándose aquí en Jaén.
Y los siguientes años, nos fue de maravilla; tenía un secreto con su madre, que cada vez que nos veíamos en las visitas. Ella me daba un beso en la frente, cogiéndome la cabeza con sus dos manos. Era la señal de que nunca olvidaría aquellos hermosos momentos.

- Fin -


No hay nada más hermoso en este mundo.
Como el cariño de una madre."



Enrique Nieto Rubio.
Colabora en imágenes.
 Silvia Regina Cossio Cámara.
Derechos reservados
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miércoles, 26 de junio de 2019

**Mujer de alquiler solo para mayores.

Tú, mujer de alquiler, 
Que prestas y utilizas tu cuerpo por dinero.

Vas provocando en los hombres,
 Ese deseo de amor y sexo...

Y que por solo unas horas,
 Puedes hacerles sentir y gozar.

Aceptando cuántas exigencias te propongan,
 De buena o mala fe.




¡Sí!... Señora infiel,
 Tu cuerpo das por monedas;
 haciendo sentir
Hasta ese amor que cree perdido,
 O quizás el que nunca tuvo.

Eres mujer de juegos.
 Posturas y alguna que otra travesura.
Sin embargo, tus besos de cariño,
 y caricias... ¡Pasajeros son!
Más tu agraciado cuerpo y rostro,
 Después del paso del tiempo.
Como todo lo que un día fue bello,
 Terminará en el gélido olvido...
Como si fuese un hermoso sueño...
Pero solamente para ellos. 
Porque al final, se darán cuenta de que...
Todo fue solamente fantasía.
Tus susurros amorosos,
 Movimientos sexuales lentos y precisos; 
que hacen enloquecer.
 Dándolo todo, sensaciones.
 Nunca vividas... 
Por una gran mayoría,
 de hombres;
 Y gestos olvidados para otros. 
Esperando ellos quedan.
 A que amanezca un nuevo día... tal vez.
Luego tú, hombre de sueños comprados;
 Caminas por la calle... 
Boquiabierto, como si algo extraño
 Acontecerá en tu mente. 
Sabes que un amor,
 vas dejando atrás; en aquella sucia puerta... 
Sí... una bella relación quizás...
Pero falsa que se va apagando;
Con cada paso que das,
 Así como con el paso de las horas del día. 
Llegas a tu casa y te sumes en la soledad. 
que de costumbre vives; 
Y franqueas el día, pensando en ella.
 Y sintiendo esos escalofríos; 
La añoras y la deseas tanto que
 Darías todo por estar a su lado.
¡Pero no es tuya!...
Pues siempre será un amor.
 Que no te pertenece.
Transcurren las horas.
 Y pronto llega la noche.
 Viendo televisión. 
Te embarga la soledad.
 Y el silencio de la casa te oprime. 
Cenas... y te vas a la cama.
 Cierras los ojos depositando en la almohada. 
Una lágrima de felicidad;
 Mezclada de soledad, con tu tristeza. 
A la mañana siguiente,
 Suena el despertador. 
Tienes que arreglarte. 
Desayunar y salir pitando al trabajo.
 Para estar a punto en horario. 
Entre hora y hora, indefectiblemente,
 Te acuerdas de ella y sonríes...
Recordando ese hermoso cuerpo,
Y continúas con tu labor;
 Exhalando una bocanada de aire fresco. 
Transcurren los días, y cada vez ella...
Está más lejos en tu mente. 
Así varias semanas;
 Hasta que otra vez te atrapa el sentimiento... 
¡Sí! Te dominan el anhelo y la necesidad.
 de volverla a encontrar. 
Así... a la puerta tú llamas; entras y repites.
 Tu "Historia de amor" 
Enrique Nieto Rubio.
*Derechos reservados*

Colabora en imágenes.
 Silvia Regina Cossio Casará.

martes, 18 de junio de 2019

**Silvia La abuelita en su cabaña. Cuentos.


Érase una vez una linda abuelita que vivía junto a sus nietos en una hermosa cabaña en el bosque.
Durante el día se divertían muchísimo, con quien siempre encontraban actividades emocionantes para hacer...
Así vivían día tras día, sin mayores penas; más que disfrutar de la vida y de todo el bello entorno en el que se encontraban.
Por las mañanas, la abuelita la instruía en diversas materias... y por las tardes bordaban, cocinaban, recolectaban flores del campo.

Tres veces a la semana salían de madrugada, pues se iban a pescar en un pequeño velero; muchas veces luchaban con las ballenas, que no les dejaban pescar, pues eran insaciables comiendo peces.
Pero la abuelita linda cogía el remo y les golpeaba en sus cocorotas, y entonces las ballenas se metían en el fondo del mar y no molestaban más.
Cuando pescaban lo suficiente para el día, regresaban adentrándose otra vez por aquel precioso río, que casi rozaba la cabaña.
La abuela tenía un enorme corazón y se preocupaba de pescar lo suficiente para así alimentar a un oso negro, que siempre rondaba la cabaña. Ella le daba de comer algunos pescados, y el oso se marchaba de lo más contento.

El animal no solía alejarse mucho de la cabaña, pues la abuelita y los niños eran casi su familia, ya que la mujer lo había criado desde que era un pequeño osezno, pues unos cazadores muy malos mataron a sus padres.
Un día oscuro, sin luna a las tres de la madrugada, sintió que merodeaban alrededor de la cabaña; por lo que la abuelita, muy asustada, agarró un hacha que tenía colgada en la pared... por si acaso. La que le servía para cortar leña.
A ella le parecían raros los ruidos provenientes del exterior, ya que el oso gustaba de hacer hoyos y cavar... pero jamás a esas horas.
De pronto comenzaron a aporrear la puerta; a ella el corazón casi se le salía, al punto que no podía pensar. Todo estaba pasando muy rápido. Como los merodeadores vieron lumbre en la chimenea, no pararon de golpear la puerta.

La voz de un hombre se escuchaba: ¡Abrir, por favor!
¡Que mi compañero ha pisado una trampa de oso y se puede morir!
La abuela en ningún momento se detuvo a pensar que fuera mentira, y abrió la puerta...
Los intrusos, tan pronto vieron a la abuela, desprotegida, en el instante la comenzaron a golpear por todos lados. 
El paso de los años aún no había deteriorado su grácil figura; así pues, ellos quisieron todo de ella.
La abuelita, en ese momento, no podía dejar de pensar en los niños, que eran su mayor tesoro. 
Temía por el bienestar de sus nietecitos, o lo que pudieran hacer con ellos.
Por temor a despertarlos, apenas alcanzó a dar un chillido en ese momento... Así pues, no puso resistencia, pues eran los hombres muy grandes y armados con escopetas.
 La desnudaron a tirones y ya iban a cobrar la presa; cuando una sombra apareció por la ventana.
Ella miraba al oso como pidiendo auxilio, y este entendió el mensaje irrumpiendo en la entrada; con sus garras de 20 centímetros se lio con los dos, y no paró hasta destrozarlos. El oso parecía un demonio en ese momento.
La abuelita quedó impactada y se desmayó cayendo al suelo.
El oso se acercó a ella y, escondiendo sus garras, la apartó del sitio atroz; cogiéndola por la cintura, la subió con sus grandes manos hasta su habitación.

Sus nietecitos no se dieron cuenta de todo lo sucedido. Ella se sintió, en ese momento, la mujer más protegida de todo el mundo.
Sentía el vasto pelo del oso rozando su cuerpo desnudo, y escuchando al oso balbucear... quien, moviendo la cabeza hacia los lados, se mostraba orgulloso, y parecía agradecerle tantos años de alimentarlo y cuidarlo con tanto amor.
Luego de liberarse de su dulce carga, el oso bajó las escaleras y arrastró los dos cuerpos a la vez... lanzándolos río abajo, donde unos cocodrilos celebrarían un gran banquete.
¡Nadie, jamás, se atrevería a posar sus manos en aquella cabaña!

Y así, la hermosa abuelita y sus pequeños nietos continuaron su vida de ensueño, divirtiéndose y bañándose en un lago que se formaba a la orilla del río.
La cabaña y sus alrededores eran un lugar muy seguro, donde si deseaban podían despojarse de su ropa; pasarla maravillosamente, sin pena alguna de ser atacadas... pues siempre estaban bajo la protección de su fiel guardián.
En esta oportunidad, no hay príncipe azul, aunque está en la mente del escritor. ¡Ja, ja, ja!

Enrique Nieto Rubio.
Derechos de autor.
Colabora en imágenes.
Silvia Regina Cossio Cámara.