miércoles, 13 de febrero de 2013

*Vida de un barrendero de Enricostro.*para mayores.18

Todo empezó con mi rutina, en mi circuito de trabajo, en una zona de casitas adosadas, de una planta.

En una de estas calles, al llegar al número 45, me cerraban las persianas siempre de golpe, eso me llamó la atención mucho, pues eso me pasaba solo en este número.

Un día, al volver la esquina, observé de lejos que estaba barriendo la puerta dicha persona.

Aceleré el paso para verle la cara, pero ella corría para meterse en la casa, antes de que yo llegara... tenía una bata beige.


Ella, por correr, se le enganchó la bata en el pestillo de la puerta, con tan mala suerte, que cayó al suelo, quedando completamente desnuda.

Corría para socorrerla cuando ella se giró, alzando la pierna para darle una patada a la puerta y cerrarla. Al levantar la pierna se quedó todo a la vista, yo encandilado... ¡Por aquello me quedé paralizado!
Como estaba de hermosa, y que cosa más bonita tenía abajo; me dio con la puerta en la cara y me pilló la mano, cayendo de espaldas a la calle.

Bueno, se me hinchó la mano y la cara, un Chichón grandísimo, pero me fui alucinando en colores, me dieron la baja unos días.

Pues tuve que decirle a mi capataz, que me pille la mano con un contenedor.

En los días que estuve de baja, otro compañero iba por allí, y esta señora le preguntó:
¿Y el otro barrendero, ya no viene?
-Este le contesto:
¿Mi compañero?
¡Sí!
- Es que ha tenido un accidente, se ha pillado la mano, y se ha dado en la cara. Ahora está en casa descansando con una baja de trabajo.

¡Vaya!... dijo la señora.
Al cabo de unos días, volví por allí y al llegar a este número; se me vino a la cabeza ese pedazo de cuerpo tan hermoso. De pronto salió la señora, y me dijo:
¡Por favor! ¿Entra, un momento?
- Yo entré y me dijo:
¡Siéntate por favor!
Mira, quiero pedirte perdón, por pillarte la mano y lo de la frente; es que medio mucha vergüenza, de que me vieras desnuda y quise cerrar la puerta... ¡No pensé que te pudiera lastimar!


- Le dije: ¡No fue nada!
Me respondió: ¿Cómo puedo pagarte el daño, que te he hecho?
- Bueno, con lo que vi... ¡Estoy bien pagado!
¿Así? ¡Muchas gracias!
Se me fue acercando hacia mí, y cuando estaba muy  pegadita, se volvió a abrir la bata... ¡Creía morirme!


Olía como los Ángeles a Jazmín, como estaba sentado, todo el pubis en mi cara quedó rozando mis labios; me lo comí todo y toda ella...
Hicimos el amor frenéticamente, quedando como pollo remojado, terminamos de hacerlo. 


Y me fui soplando y soplando. Por la calle estuve todo el día soplando, no me lo podía creer, como me había pasado eso.

A los dos días siguientes... yo cortado, volvía a pasar por allí; pero volvió a salir con ese aroma tan delicioso, que llevaba me dijo:
¿Quieres un café?
¡Vale le dije!
Entra en casa.
Me preguntó: ¿Con leche?
- Le dije... ¡Sí, muchas gracias!
Y acercándose, mientras se abría la bata, me dijo, que empezara con la leche.



Nos pusimos guarritos de placer, ya desde entonces todos los días se inventaba algo para abrirse la bata.

Cada vez que lo hacía me moría de emoción. Era maravillosa, tan espontánea, preciosa y tan elegante... y juntos así estuvimos mucho tiempo.

Nos enamoramos y hasta que un día nos casamos. Pero ella, aun casados, seguía sorprendiéndome, con sus maniobras sexuales.


Era tan feliz, que jamás hombre alguno lo habría sido, en todo el universo. Así pasaron algunos años tanta felicidad me asustaba.

Más yo le dije que no sería bueno, tener tanta felicidad... aunque ya han pasado cinco años.

Una mañana, como de costumbre, le pregunté a mi amor, si se siente bien; porque me he levantado temblando y sudoroso... sabía que: ¡Algo malo iba a pasar!
Era mi día negro seguro... pues lo podía presentir. Ella, con voz tenue, me ha dicho que no pasa nada... mientras se desplomaba en mis brazos.

Yo, temblando de miedo, la llevé al hospital. Más ella, en el trayecto, había dejado de respirar... ¡Iba muerta!
Los médicos no se explicaban lo que había pasado. Le han hecho la autopsia y no les han sacado nada... dicen que es muerte súbita.
¡Siento que me estoy muriendo de pena!


Tanto amor era imposible, los Dioses me han castigado; son envidiosos y ladrones, me han robado mi vida y mi amor.

Ya no siento ni frío ni calor, me han robado la ilusión de vivir, me han enterrado vivo, son malos y rencorosos.

Estoy perdido en este mundo, vagando con mi soledad, nada ni nadie me satisface. ¡Ya no siento nada!

¡Vivo errante por la vida!
Llorando por los rincones, con una angustia que me ahoga, me falta hasta el aire, cuando estoy en mitad del campo.

Sueño todas las noches con ella, y me levanto llorando; porque no está a mi lado... ¡Deseo mi muerte! Pues esta vida ya no la quiero.

En mi sillón sentado, espero mis días finales; pues vivo de sus recuerdos; que estos... ¡Si son inmortales!

Quiero ver a los Dioses para poder preguntarles:
¿Por qué me quitaron el alma mía?


¿Por qué arrebataron mis sueños y mis cantares?
Los dioses siendo tan poderosos... ¡Cuánta envidia me tenían!
Ya la siento venir por el pasillo... ¡Se acerca!

Ella suavemente me alarga la mano, y... ¡Me invita para irme con ella!
- Fin -

Derechos de Autor
Enrique Nieto Rubio.

colabora en imagen,
Silvia Regina Cossio Cámara.

viernes, 8 de febrero de 2013

.*.La vida de Syntiá de Enricostro.(cuentos)

 

En Inglaterra, allá por los años 30, en una mansión inmensa, vivía una linda chica, llamada Syntiá Bragúe.



Tenía por entonces dieciséis años, ella era hermosa, esbelta y con unos cabellos rojizos y piel blanca como la leche, vivía en esta mansión con sus abuelos, adinerada gente de la realeza.

Syntiá, era muy soñadora, fantaseaba con todo lo que veía, sus abuelos dedicados a los negocios, y a las relaciones con grandes personajes, tenía poco tiempo para dedicarle a la princesita del palacio.

 Por lo tanto, ella estaba libre de obligaciones, aparte, claro, de las doncellas que la cuidaban en cada instante... sobre todos sus profesores, que cada día la atosigaban con toda clase de estudios.

Pero su pasión eran las clases de música, Syntiá era muy romántica y sensible, y el arpa la volvía loca, a cualquier hora cogía su instrumento y se iba cerca de los abuelos para atormentarlos, asiéndose notar de esta forma.
Su abuelo de estos de grandes bigotes y con su pipa siempre encendida decía:
¡Esta niña, nos va a volver locos!

Syntiá gritaba, asomándose por un gran balcón interior que tenía la mansión, ¿quieres dejar de tocar? ¡Me estás volviendo loco!, acaso no es bastante grande el palacio para ti, anda, sal fuera y que te dé el aire. Niña loca… balbuceaba en voz baja.

Syntiá marchó al jardín y allí había esta isleta con techados de las cuales las dedicaban para sus romanticismos o tomar el té.

Allí sentada, en el centro, tocaba Beethoven o Juan Sebastián Bach. A ella le daba lo mismo, pero era un cielo haciéndolo, iluminaba y le daba vida a todo el jardín y el palacio.

La primavera fue maravillosa, llegó el verano con visitas de todas clases; familiares, amigos … de todo fue un verano estupendo también.

Pero llegó el invierno, un invierno crudo y tosco; las nieves desbordaban todo palacio, los carruajes apenas si se podían conducir.

Syntiá se aburría mucho, estaba en una edad difícil y sus fantasías eran cada vez más intensas.


Syntiá soñaba muchísimo con el rostro de un cuadro que colgaba en uno de los grandes salones, era de un chico bien parecido, guapo y con una mirada que te seguía a todos lados… y terminaba dejando eclipsado a cualquiera.

Era la foto de un primo lejano, que al parecer murió en las montañas de nieve que por encima de ellos existían.

Syntiá parecía estar loca, nunca estaba quieta; los profesores la regañaban, los abuelos también, hasta su institutriz lo hacía.

Una mañana, en su tormento, la chica se metió en su dormitorio, y no paro de llorar en todo el día. No bajo a almorzar ni a cenar. Los abuelos estaban preocupados por la niña.

La abuela por la noche decidió aporrear la puerta del dormitorio preguntando:
¡Syntiá hija mía! ¿Estás bien? ¡Ábreme cielo, te lo suplico!
Syntiá bajo las súplicas de la abuela, abrió la puerta… y la anciana le preguntó:
¿Qué te pasa cielo mío?
Abuela me siento triste y sola, no sé qué me pasa… ¡todo lo hago mal!

¡Ya mi niña, no te preocupes! Todo pasará, es este invierno tan duro y pronto marcharás a Londres e irás a una academia que te gustará.

Ese es un bello lugar, y allí conocerás muchísimas personas de tu edad, y entonces verás como todo te cambiará.
¡Gracias abuela! Tú sí que me comprendes.

Después de colmarla con besos y caricias, le preguntó si deseaba comer algo.
¡Sí, abuelita! Después de conversar contigo, se me ha abierto el apetito.
¡Vale!, le diré a la chacha que te suba algo de comer, ¿sí?
¡Gracias abuela! Te quiero mucho.

Mientras le traían la cena, Syntiá se dirigió a su armario y se puso uno de sus vestidos de fiesta; era blanco, con mucho vuelo y escotado, con un collar de perlas, y mientras se observaba sentada frente al espejo… tocaron a la puerta con los nudillos.


¿Sí? ¡Pasa adelante!
Te traigo la cena, exclamó la chacha.
¡Gracias! ¡¿Me puedes ayudar a hacerme el moño? ¡Yo sola no puedo!
¡Pero mi niña! ¿A dónde vas tan guapísima?
¡Me voy a una fiesta!

La mujer no salía de su asombro, así que le respondió:
¿No me digas que es que tienes un admirador?
¡Si chacha, se llama Wuartes!
Creo que me suena ese nombre.
No sé chacha, pero él me quiere mucho.

Mientras la chacha le hacía el moño, ella se maquillaba frente al espejo. La chacha sabía que no existía tal fiesta, pero guardaba silencio y la dejaría ir para no quitarle la ilusión.

Ya terminada de arreglar y vestir, quedó preciosa… lucía, hermosa de verdad. Comió algo y al instante sus pensamientos cobraron vida.

Syntiá se dirigió hacia una de las puertas, imaginado que detrás se estaba llevando a cabo la fiesta.

La chacha que curiosa era, se dispuso a espiarla un rato por la mirilla de la cerradura, pero cuál fue su sorpresa que cuando Syntiá abrió aquella puerta… vio con sus propios ojos la cantidad de personas que allí se encontraban, y todos estaban bailando. 

Se le cayó la baba al verlo y no lo podía creer; así que bajó las escaleras atónita sin encontrar explicación alguna.

Buscó a la abuela de la niña y le dijo:
Señora ¿Sabía usted que en el cuarto de invitados hay una fiesta tremenda?
La señora dijo: ¿Has bebido o qué?
Se lo juro, señora, lo he visto yo misma.
¡Venga! ¿Qué te pasa?
Si no me cree, venga usted a ver, señora.

Se dirigieron al salón de baile, y cuando abrieron la puerta no había tal fiesta o gente bailando… todo en completo silencio y normalidad.
¡Tú no estás bien! Termina de recoger todo y te vas a descansar.
¡Sí señora! No entiendo qué sucedió, quizás estaré un poco destemplada…. y se marchó a dormir.

Mientras Syntiá andaba por en medio de todas las parejas que bailaban un vals, cuando de pronto se le acercó un joven príncipe, con exquisita vestimenta, con sus encajes alrededor de su solapa y sus mangas, cuellos dorados. Le preguntó:
¿Aceptarías bailar conmigo una pieza?
Syntiá lo miró, era guapísimo, él la tomó de la mano y con la otra rodeo su pequeña cintura y empezaron a moverse. 

Ella se sentía como en una nube, quedando enamoradita de ese chico; pues además de oler maravillosamente, ella cerró los ojos poniendo su cabeza sobre su pecho, y así paso toda la noche maravillosamente.

Sobre las cuatro de la madrugada, Syntiá ya se notaba algo cansada… pero los brazos de su amado príncipe, la sostenían hasta el amanecer.

A la mañana siguiente, Syntiá se encontraba dormida en un sillín … cuando la despertó la chacha.

¡Syntiá, Syntiá despierta que ya son las diez!
¡Ay chacha, déjame un poquito más!
¡No niña! Que está el profesor te está esperando.
¡No chacha que estoy muy cansada!
¡Nada niña! ¡Venga! A bañarte que hueles mal.

La chacha le preparó el baño y desnudo a Syntiá, pues ella estaba cansadísima… la baño la vistió.

Bajaron a la planta y el profesor comenzó la clase… pero Syntiá no atendía nada, los ojillos se les cerraban; el profesor enojado terminó dejándola. 

Fue con la abuela y le dijo:
¡Señora me retiro! Pues Syntiá se duerme en la clase, y no atiende nada… es como si hubiera estado toda la noche de fiesta. ¡Hasta mañana! Y se marchó.

La abuela fue donde estaba Syntiá y la encontró encogida en el sillón, y la anciana hizo un gesto con la mano diciendo:
¡Ya que descanse! Para ver este día de perros… qué más da.

Y allí, la dejó tranquilita, pues igual, el día era gris y medio oscuro, con unos nubarrones de aúpa, que parecía que se disponía a diluviar… al cabo de un rato de pronto empezó a llover intensamente… definitivamente era un día malísimo.

Al cabo de una hora despertó Syntiá… se dirigió al jardín y se dijo: ¡Va a hacer un día precioso… mientras en la distancia contemplaba los hermosos árboles que se divisaban!

Vio cómo su joven príncipe levantaba la mano, la incitaba a reunirse con él. La chica también respondió con un gesto de mano… y salió corriendo a reunirse con su amado.

¡Hola Wuartes! ¿Cómo estás?
¡Muy bien!, ¿y tú?
Me siento muy cansada de la fiesta de anoche.
¿Así!, ¡pues yo no!
¡Tú eres un hombre!
Quizás tengas razón. ¿Gustarías pasear?
¡Sí, me encantaría!

Pasearon largo tiempo por los hermosos alrededores, pues hacía un día espléndido. Syntiá le preguntó:
¿Te gustaría ir de pícnic?
¡Si me gustaría! Contigo hasta el fin de los días.
Bueno, si es así… espérame, que vuelvo enseguida.

Syntiá corrió hacia la casa y llegó a la cocina ordenando:
¡Chacha!, prepárame comida para dos, pues iré de pícnic.
Pero mi niña, como vas a ir de pícnic, sí está lloviendo a mares.

Syntiá volvió la cabeza hacia la ventana, y tan solo veía un sol radiante.

¡Anda chacha! No seas tan negativa y fatalista.
Cogió la cesta y hasta que no se la llenó de comida no estuvo satisfecha.
Syntiá agradeció a la chacha y acto seguido salió corriendo.

Cuando encontró al príncipe buscaron una sombría debajo de un hermoso sauce, y allí comieron tan ricamente.

Después jugaron sobre una manta en el suelo, y se revolcaron jugando hasta encontrarse sus labios… sus respiraciones se hacían cada vez más rápidas y se besaron muchísimo; y compartieron juntos toda la tarde.

Al atardecer ella decidió volver a casa… despidiéndose de él le dijo:
¡Te quiero!
Y él le respondió que también la quería, y que agradecía por el delicioso festín que habían compartido.

Entró en casa y los abuelos estaban preocupados, pues con tan mal tiempo… cómo era posible que venía de la calle.

¡Syntiá, hija! ¿Dónde andabas?
Abuela me fui de pícnic.
¿De pícnic con toda la lluvia que está cayendo?
Syntiá no puso mayor atención al comentario, y se marchó a su dormitorio.

Se dejó caer en la cama con mucha alegría pensando:
¡Qué feliz me siento! Mi príncipe es tan guapo, que apenas puedo creerlo.
 
Como no tenía amigas en el lugar, tomó su diario y comenzó a escribir todo cuanto estaba viviendo… hasta quedarse casi dormida. 

Ya de madrugada, se abrió una puerta de enfrente de la cama, y con mucha luminosidad salió una chica, prima suya:
¡Syntiá, Syntiá!
Syntiá levantó la cabeza y le preguntó:
¿Qué quieres?
¿Te apetece una fiesta de pijamas?
¡Por supuesto que sí!

La chica se levantó y pasó a una habitación donde se encontraban varias chicas reunidas; jugaron por muchas horas en las camas, se hicieron cosquillas; se contaron sus aventuras, y cuando le tocó su oportunidad a Syntiá.

Ella contó que estaba muy enamorada de un chico guapísimo… y disfruto de lo lindo toda la noche.

A la mañana siguiente la chacha fue al dormitorio, y al no ver a Syntiá se asustó muchísimo, abrió el ropero y allí estaba Syntiá durmiendo echa un rollito.

La cogió en brazos y la recostó en su cama, y como era fin de semana la dejo descansar un poco más pensando para sus adentros, que la niña se encontraba fatal.

Así, Syntiá vivía dos vidas paralelas, una de realidad y la otra que a todos parecía de fantasía.

La época de lluvia terminó, pero con ello dio inicio a la de frío. Una mañana Syntiá se levantó y se dirigió al dormitorio de la abuela.
¡Hola abuela! ¿Cómo estás?
¡Bien! ¿Cómo es que te levantas tan contenta niña, si hay tanto frío?
Abuela es que soy tan feliz, porque he conocido un chico guapísimo.


La abuela, para no deprimirla, le siguió la corriente… ¡Ah sí! Me alegro mucho, hijita… pero cuéntame, ¿De dónde es?
¡Ayy abuelita! Ahora sí que me has pillado, porque no le he preguntado de dónde es.
¡Ya niña! No tiene importancia. Anda ayúdame a levantarme ¿Sí?
¡Sí, abuela, te quiero mucho!
¡Yo también, a ti cielo mío!

Syntiá pasó el resto del año, cultivando su relación con su novio.


Ya llegando diciembre para la época de Navidad, Syntiá anunció que se casaría con su novio. Tal cual siempre todos hacían, de nuevo le siguieron la corriente… sin importarles incluso que la chica vistiera de novia.

El día de Navidad alguien llamó a la puerta, y cuando abrieron vieron a un cochero muy elegante, quién extendiendo su mano a Syntiá la invitaba a salir de la casa… ella sin dudarlo subió a una bella carroza engalanada con adornos de oro y plata.

Los abuelos sorprendidos le dijeron:
¡Pero Syntiá espéranos! No vas a ir sola, y se subieron los tres.

La carroza marchó hacia la Catedral… todo era como un sueño de hadas.

Cuando llegaron, los abuelos con sorpresa encontraron que la catedral estaba abarrotada de gente. Los ancianos no daban crédito a lo que veían con sus ojos.

Cuando se percataron que todo era real, y conocieron al novio, quien era un guapísimo príncipe… quedaron alucinando.

Los jóvenes se juraron amor eterno y después de finalizada la ceremonia; partieron para otra mansión donde celebraron un convite grandísimo para muchísimas personas… todo fue espectacular.

A la mañana siguiente, la chacha despertó a los ancianos, diciéndoles que la chica no había regresado a dormir a casa… los abuelos no entendían lo que sucedía, pues no podían recordar nada de la boda.

Buscaron por todos los alrededores y más allá, pero toda búsqueda fue infructuosa… pues nunca volvieron a saber nada de ella.
- Fin - 

Enrique Nieto Rubio
Derechos Reservados.
 Colabora en imágenes por 
Silvia Regina Cossio Cámara.
C

viernes, 4 de enero de 2013

*.Como puedo alcanzarte de Enricostro.





¿Cómo puede alcanzarte... a ti... mi caminar? 
si por más que yo ando nunca te puedo encontrar. 
Si dime, como puede alcanzarte en mí pensar, 
si cada vez que te pienso se me nubla tu mirar. 

¿Dime como puedo en ti... no pensar? 
Si tan solo ansío, mis labios en ti posar. 
¿Dime... que hago con este palpitar? 
Si cuando te beso tus labios me saben a sal. 

¿Dime que hago con este sentimiento? 
Si cuando te miro, tú no me permites ver. 
¿Dime que hago con este loco y necio corazón? 
i cuando te toco, no te puedo sentir.



Dime entonces... ¿Cómo puedo alcanzarte? 

Si en mis sueños que gobierno porque míos son; 

tampoco puedo sentirte en mí... porque imposible es. 

Dime, si percibo todo o nada sientes por mí... 

¿Por qué yo siento, que me muero por ti? 

Porque yo te amo y significas mucho para mí, 

y mi corazón sangra lágrimas cuando pienso en ti. 

¿Cómo puedo alcanzarte yo, si tan pequeño tú me ves? 

Que como un granito de arena, se esconde debajo tus pies... 

Y en ellos me agarro, intentando en tus uñas poder sostener.

¿Por qué mientras te miro sonríes, pero al final nada quieres tener? 
¿Por qué dices que me quieres, pero cuando lo intento nada quieres hacer? 
¡Porque yo... si te miro, te siento; me muero por tu ser y tu querer! 

¿Cómo puedo alcanzarte, si eres mujer como una muñeca de papel? 
Desearía contar con el poder de un mágico rayito de luz; 
para tener el poder, de volverte a la vida y conmigo seas feliz. 

Tal cual hizo Geppetto con Pinocho; lo revistió con vida, amor y hermosura. 
Haciendo de él un niño dichoso y pleno; para juntos mil aventuras correr. 


 Enrique Nieto Rubio 
*Derechos Reservados*

martes, 11 de diciembre de 2012

.Vuelan las gaviotas de Enricostro.1


Vuelan las gaviotas...
 vuelan en torno a ti, 
dibujando un corazón,
 para que tú te sientas feliz. 
Vuelan las gaviotas...
 vuelan por tu querer, 
pues tu marinero se acerca,
 con el barco del ayer, 


Él te manda mensajes...
mensajes con mucho amor; 
diciéndote mil te quierós,
 con grandes olas de pasión. 
Ya se acerca tu marinero, 
con regalos para ti... 
para quedarse contigo,
 y no volver a partir.



Y él pronto se casará contigo,
 para que tú seas muy feliz. 
Vuelan, vuelan las gaviotas... 
todas vuelan en torno a ti. 

Enrique Nieto Rubio 
*Derechos Reservados*

sábado, 8 de diciembre de 2012

*.Cáncer de mama en poemas. de Enricostro.

 


Ella será mi cruz...
que con amor yo llevaré,
que un cáncer traidor, 
se le ha clavado en la piel.

Ella será mi cruz,
 que con gusto llevaré,
y los clavos de mi dolor,
 que me harán no fallecer.

Ella será mi cruz, 
mi angustia y mayor pesar,
que si por ella me muero,
 y por ella yo quisiera penar.


Que me penetren a mí los clavos,
 y que ella no tenga nada.
Virgencita del Camino, 
te imploro ¡Apiádate de mi amor!


Que no sea su destino, 
vivir atrapada en tanta desolación.
Virgencita del Camino,
 apiádate de ella y siente mi sentir.

Que siendo ella, 
madre como tú...
que no merezca sufrir.
Virgencita del Camino,
 no me hagas padecer más este dolor.

Que cuando la miro a los ojos,
 y el llanto en su rostro está;
se me derrumban los cielos...
y hasta imposible me es respirar.
Enrique Nieto Rubio
*Derechos Reservados*

Posdata:
Todo esto es una pesadilla,
 y para colmo la mala fortuna,
 nos ha alcanzado,
 en vísperas de Navidad.
*
¡Lástima de mí, lástima de mi soñar.!
Pues se rompieron las cadenas,
 ¡de toda ilusión y felicidad!
Enrique Nieto Rubio
derechos de autor.
Colabora en imágenes.
Silvia Regina Cossio Cámara.