jueves, 9 de agosto de 2012

**El lobo vive en casa. ( cuento, Malos tratos en protesta).

El lobo salía todos los días de su casa para dirigirse a su trabajo. En ese entonces era un lobo bueno.

Tuvo muchos lobitos, y su esposa, Blanca, reía y bailaba felizmente... todo era de rosas y cantares.

Pero esta mañana, el lobo salió como siempre, tomó su café y se dirigió a su trabajo. 
Todo iba bien, hasta que encontró las puertas de su trabajo cerradas a cal y canto.

Un cartel insignificante decía: En el nombre del alcalde estáis todos despedidos, pues el señor alcalde se ha fugado con todos los millones de la ciudadanía.


El lobo no llegó a casa hasta las diez de la noche. Ya iba transformándose en un lobo malo y feroz; borracho y vociferando ante todo el que frente a él pasaba.

Su corazón se había envenenado con la inmundicia del gobierno, que buscaba la ruina de todo cuanto trabajador tenían en su país.

Muchos lobos feroces ha creado en tan poco tiempo, que ya nadie se siente seguro.

Después de un largo rato, llegó a casa el lobo feroz... con el dedo en el timbre, no dejaba de presionar; M
amá Blanca, preocupada, abrió y, viendo al lobo feroz, le preguntó:

¿Qué te pasa, lobito bueno... por qué has tocado así?

El lobo contestó: ¡Déjame en paz, Blanca estúpida! Acto seguido, le proveyó un empujón, tirándola contra la esquina del pasillo, causándole una brecha tremenda en la ceja.

El malvado lobo ni siquiera la miró y mucho menos se disculpó. Con voz ronca ordenó: ¡Sírveme la comida, vieja estúpida!

Los pequeños lobitos, habiendo presenciado todo cuanto ocurría, asustados, se escondieron por toda la casa... temblando de miedo por lo sucedido.

La infeliz mamá no entendía nada, estaba atónita ante la inusual conducta de su marido... Solamente alcanzó a sentarse en el suelo mareada y llamó a su hijita, la mayor, quien tenía trece años.

Ella, aterrada, le preguntó en voz bajita a su mamá:

¿Qué pasa, mamita?

La madre respondió:

No te preocupes... todo está bien, solamente hazme el favor de ponerle la comida a tu padre en silencio y no le digas nada. 

La lobita le sirvió la comida, con más miedo que otra cosa... y el lobo malvado, al percatarse de ello, golpeó la mesa con mucha ira y gritando le ordenó: ¡Dame el pan, pequeña estúpida!
La lobita cogió el pan rápidamente y se lo puso en la mesa.
Y corrió a curar a su mamá.

Blanca, con lágrimas en los ojos, no entendía ese cambio de actitud y decidió no cuestionarle el porqué de su conducta.

La noche fue intensa... y de allí en más, el miedo y la desolación pasaron a formar parte del estado anímico de todos los miembros de la casa.

El malvado lobo, después de llenar su panza, levantaba los brazos y exclamaba: ¡Ahhh, qué bien he comido... Me voy a la cama a descansar y más les vale que no escuche ni a una mosca revolotear!

El lobo se marchó hacia sus aposentos.

Mama Blanca quedó triste, sentada a la mesa, y le dijo a su hija mayor:
Por favor, sirve la comida a tus hermanos, que yo estoy muy mal.
La lobita repartió los alimentos, y sin decir palabra alguna, todos los lobitos se sentaron a cenar amargamente.

Luego Blanca le pidió a la niña que ayudara a acostarse a sus hermanitas, y ella, como siempre, obedeció sin rechistar.

Ya con toda la casa en silencio, Blanca quedó sola en el salón; muy triste por lo ocurrido y sin probar bocado alguno... decidió no ir al dormitorio porque no quería correr el riesgo de volver a enfurecer al lobo feroz.

Las horas fueron pasando, hasta que cayó rendida en un sillón.
A la mañana siguiente, el lobo feroz tomó su café y marchó al trabajo... Pensó que todo lo ocurrido había sido solamente un sueño.

Marchó con paso firme... pero cuando llegó al trabajo, se convenció de que no era un sueño; todo lo sucedido era real... aquella maldita puerta seguía con ese horrible letrero.

Se dio la vuelta y se dirigió al bar de la esquina; allí se reunió con varios compañeros de trabajo.

Discutían sobre sus corruptos gobernantes, sus destinos y los de sus familias. Con tanta discusión y entre copa y copa, les dieron las once de la noche.

Blanca ya se temía lo peor; su cuerpo temblaba y el miedo ya la estaba acechando una vez más.

Sobre la una de la madrugada, sintió que alguien se acercaba con pasos bruscos y torpes por las escaleras... Era el lobo malo, quien estaba de vuelta en el hogar.

Blanca corrió a abrir la puerta antes de que el lobo tocara el timbre y se impacientara... Este igual entró con muy malos modos y, sin decir nada, se sentó en la mesa.

Para esa hora, gracias a Dios, los lobitos ya estaban durmiendo.

Blanca le sirvió la cena, pero en esta oportunidad al lobo no le agradó la comida y lanzó el plato por los aires, el cual se fue revoloteando, rozando así el rostro a Blanca... quien a duras penas alcanzó a lanzarse para atrás, y así evitar que la impactara directamente.

Esto es basura... dijo el lobo.
¡Vaya mierda de cena! Cada día me sirves de menos... Eres una inútil y te voy a dar una hostia hasta arrancarte la cara.

Blanca se echó para atrás, sin decir palabra alguna, para así no tentar más al diablo.

Con tanto griterío y alboroto, los pequeños se despertaron y los corazoncitos de los lobitos se agitaron tremendamente.

Entre chillidos, la más pequeñita cuestionó a su hermanita:

Hermana, tengo miedo... ¿Qué le está pasando a papá?

No sé, cielo, pero no te preocupes porque todo se arreglará.

El lobo se fue a la cama sin cenar... pero pasado un rato, llamó a Blanca para que entrara al dormitorio; ella se rehusaba, pero él vociferó amenazante:

¡O entras por las buenas o te meto de una hostia!

Ella, aterrada, accedió a ingresar y, sin decir más nada, se dejó violar por el lobo que, enfurecido, descargaba en ella todo su odio y frustración.

A la mañana siguiente, Blanca determinó que no podía continuar más; y por la noche, al llegar el lobo, se lo informó. Él, en respuesta, la golpeó en el rostro... al punto que sus ojos estaban tan amoratados e hinchados que no podía ver más allá de su nariz.

Blanca, desconsolada y sin saber qué hacer, llamó a su mamá y le dijo:

Mamá, te pido que nos acojas en tu casa; papá lobo se ha vuelto malo, nos trata mal y me ha pegado varias veces.

El abuelo lobo, al enterarse de lo sucedido, se enfureció enormemente y, cogiendo un gran bastón que colgado tenía detrás de la puerta, salió.

Con lágrimas en los ojos, abordó su vehículo y se dirigió hacia la casa de su hijita querida; manejaba con una ira tremenda, y cuando llegó al frente de la casa, de un solo pisó los frenos; bajó del vehículo y, bastón en mano, timbró a la puerta.

Mama Blanca abrió la puerta y, asustada, preguntó:
¿Papá, qué haces aquí?

Coge a los lobitos, recoge algunas cosas que te sean indispensables y súbete al coche.
—¡Pero papá! —Sin peros. ¡Haz lo que te ordeno!

Blanca salió con todos los niños y se subieron al coche.

El abuelo les dijo: Esperen un momento... que vuelvo enseguida... ¿Vale?

Papá Lobo estaba sentado en la mesa sin atreverse a decir nada; quizás arrepentido de lo ocurrido la noche anterior.

El abuelo puso el bastón en lo alto de la mesa y a él se dirigió:

¿Qué pasa contigo? 
¿Te crees muy hombre maltratando y pegándole a una mujer?

El lobo apenas quiso pronunciar una palabra cuando el abuelo ya le había metido el bastón en la boca... rompiéndole cuatro dientes. El lobo feroz ya no parecía ser tan valiente; ahora solo se quejaba porque sangraba como un cerdo.

El abuelo lo instaba a responderle: ¡Qué pasa, lobo bravucón! ¡Vamos... demuéstrame lo que tienes para dar!
El lobo lo miraba con respeto y desconfianza, pues temía le diera otra paliza.

El abuelo le puso el bastón sobre los ojos diciéndole:

Si tan solo te atreves a volver a mirar a mi hija o a rozar uno de sus dedos con malos modos... ¡Te juro que te mato, cabrón asqueroso!

Ella te ha dado todo a lo largo de tu puta vida, ¡y no será así como se lo pagarás!... ¡Vil y asqueroso gusano!
Todo esto sucedía mientras el abuelo hundía el bastón sobre su hombro, obligándolo a agacharse cada vez más... hasta tenerlo de rodillas.

¡Ya estás advertido! ¡Si la vuelves a tocar, te mato! Y si vuelves a beber, te mataré por igual... esto lo juro por lo más sagrado de este mundo.

Ahora le diré a tu familia que entren todos en la casa... y pegando un gran bastonazo sobre la mesa que partió una de las esquinas... se marchó.


El abuelo era de complexión pequeña, pero con muy mala hostia cuando le tientan a sus seres amados y mucho más tratándose de forma tan salvaje.

Desde este mismo día, el lobo feroz jamás volvió a mirar a su mujer de forma inapropiada y mucho menos volvió a faltarle al respeto.

Después de unos días, el lobo le comentó a Blanca lo ocurrido con su trabajo, y acordaron que ambos trabajarían arduamente para sacar a la familia adelante; y acordaron que todo lo sucedido quedaría en el pasado y continuarían con sus vidas, tal cual lo habían hecho en años pasados.

Con paciencia y el apoyo de su mujer, el lobo volvió a ser bueno; buscó un nuevo empleo y de nuevo reinó la paz en su hogar.

Por las tardes, al regresar a casa, ya nadie tenía miedo; los lobitos esperaban a su padre en la puerta de la casa, llenos de felicidad... y él, en recompensa, les expresaba su amor lamiendo sus mejillas y haciéndoles cosquillas por doquier.


-Fin-

*Derechos reservados*
Enrique Nieto Rubio.
Colabora en imagen.
Silvia Regina Cossio Cámara.

sábado, 4 de agosto de 2012

**No te sientas sola niña. (poema)


No te sientas sola, niña.
 Que yo contigo estaré...
Que aun llegando la noche,
 Y tú no me puedas ver;
Yo seguiré a tu lado.
 Cuando me quieras tener.

Mi mente será la tuya...
Rodeada de magia e ilusión.
Mis besos serán los tuyos.
 En una noche de pasión; 
En un gran amor profundo,
 Te colmaré de deseos.
Llenos de amor y caricias,
 Caricias y muchos besos.

Y aunque tú no lo creas,
 Esa será mi brisa...
Abre la ventana, mi niña.
 Que en la noche volveré.
Y estaré solo contigo...
¡Tú, yo y nuestro querer!
No te sientas sola, niña.
 Que contigo siempre estaré.
Enrique Nieto Rubio
*Derechos reservados*
Colabora en imagen. 
Silvia Regina Cossio Cámara.


viernes, 3 de agosto de 2012

**El Rey y sus hijos gemelos. (Cuentos)

Érase una vez, en la ciudad de Antras, en las afueras de la ciudad, en una montaña muy alta.


Un castillo inmensamente grande; allí vivía el rey, que tenía dos hijos gemelos de dos años.


La madre murió al dar a luz, y los niños fueron creciendo.
Un día el rey iba en su gran corcel, un caballo blanco hermosísimo, con una brecha negra en la frente.

Iba con sus hijos bajando aquella cuesta empedrada que rodeaba el castillo y toda la montaña.

Esa mañana sería un día negro para el rey, pues de pronto una gran serpiente de dos cabezas les salió al paso; su caballo se asustó, desbocándose, y cayeron los tres al suelo.

Se dio lugar a una gran tormenta de niebla y no se veía nada, por lo que el rey perdió el rumbo hacia palacio.


Los criados, al ver que el rey tardaba, alertaron a la guardia real y estos salieron inmediatamente a buscarlos. Pero era imposible porque la visibilidad era casi nula; al cabo de unas horas observaron en la distancia que se acercaba con dificultad; estaba malherido.

El rey traía en brazos a sus dos hijos; uno se encontraba en condiciones delicadas, el otro, por su parte, apenas tenía unos cuantos moretones y rasguños.

Pasaba el tiempo, pero el niño no mejoraba; el rey tomó al niño y lo llevó a un monasterio que había en el pueblo; los monjes lo examinaron y le encontraron muy enfermito.

El rey lo dejó al cuidado de los frailes, ya que ellos tenían más medios que él para que se curara.

Transcurrió el tiempo y el rey iba todos los días a verlo, hasta que un buen día el monje le dijo:
¡Su hijo quedará incapacitado... será cojo!

El rey respondió:

¡El niño se quedará en el monasterio para siempre, pues no quiero un tullido en el reino!

El rey visitaba al niño, pero solo a escondidas... Se situaba detrás de una marquesina enrejada con hiedra, y lo veía en el patio andando cogito y un poco encorvado.




El rey, convencido de que era lo mejor para su hijo, les informó a los monjes que el niño permanecería a su amparo, y que todos los meses les pasaría una manutención de nueve mil reales.

Así los dos hermanos fueron separados para siempre, y creciendo sin saber nada uno del otro. Aunado a esto, el rey dio orden de que el niño no supiera nunca que era un príncipe.

El pequeño fue creciendo sin saber que tenía un hermano.
Un día, el príncipe, que vivía en el palacio, se convirtió en un gallardo caballero, joven, muy simpático, a sus dieciocho años de edad. A él le gustaba dar paseos por la ciudad y un día las campanas del castillo comenzaron a tronar, estrepitosamente... Tal acto era cuestión de alarma.

El príncipe, al oírla, se volvió bruscamente y con su caballo atropelló a un frailecillo que andaba por la calle; el príncipe, a pesar de la urgencia que llevaba... inmediatamente se bajó del caballo y se dirigió hacia el fraile preguntándole:
-¿Cómo estás?

El fraile respondió que se encontraba muy bien, y que no se preocupara.

El príncipe le dijo que era un alivio... y que lamentaba retirarse de forma inmediata, mas su presencia era urgente en el castillo, pues su padre lo necesitaba.

Cuando llegó al castillo, le informaron que su padre había muerto, pues ya era muy mayor.


Se oficiaron los actos fúnebres, y el príncipe lo enterró con profundo dolor, pues no tenía a nadie más en el mundo.

Como dice el refrán... "Muerto el rey... viva el rey", por lo que a los pocos días coronaron al joven príncipe, haciéndolo rey de Antrás.

El nuevo rey, desde que atropelló al frailecillo, tenía unos sueños extrañísimos; pues soñaba que jugaba con otro niño cuando era pequeñito.

Una mañana se levantó sobresaltado y sudando, se dirigió hacia el cobertizo y, mirándose en el espejo, recordó que el frailecillo era igual que él. Eso le llamó la atención desde que le vio, y se preguntaba cómo podía suceder algo así.


Un día llamó a su guardia real y salieron en sus caballos; se dirigieron al monasterio en busca del frailecillo; pero esa misma mañana, el joven se había dirigido hacia las montañas.


Allí había un pueblecito muy pobre, donde los pobladores lo estaban pasando muy mal; así que los frailes habían decidido visitarles para donarles un baúl lleno de monedas de oro y de esta forma, pudiesen paliar la carestía del pueblo.

El frailecillo. Era muy conocido por los lugareños, siendo que desde los ocho años de edad ayudaba a los menesterosos; pues en sus aposentos siempre tenía una caja de madera labrada con una corona real. Llena de monedas de oro. Desde pequeñito.

Con estas pertenencias, le preguntó a uno de los frailes:
—Hermano, yo puedo hacer lo que desee con ese dinero. —Y este le dijo que por supuesto, que él podía disponer, como quisiera, de esos bienes, pues son suyos.

El frailecillo emocionado respondió: ¡Gracias, hermano mayor, muchas gracias!

Salió a toda prisa, sin que para ello su cojera le impidiera correr, al punto de casi alzar el vuelo; parecía un ángel...

Era una persona muy fácil de querer, pues siempre andaba feliz y corriendo por los alrededores del monasterio.

Razón por la cual tenía muchos amigos que le querían y aceptaban... Inclusive cuando jugaban a la pelota o practicaban alguna actividad en donde fuese necesario correr... jamás le hicieron de menos a causa de su incapacidad.

Cuando el chico fue creciendo, se percató de que a veces sus amigos lucían tristes y cansados... así que un día les preguntó:
¿Qué os pasa?
Ellos le comentaron que en casa no tenemos para comer, y por ello no contaban con el ánimo y fuerzas, ni siquiera para jugar.

-¡Diantre!... Exclamó el frailecillo: «Esperadme, que no tardo más que unos minutos».

Cuando volvió, la plaza estaba llena, y preguntó a todos los presentes quiénes tenían hambre... y todos al unísono, levantando la mano... gritaron... Yo... yo... yo.

-Pues bien, les dijo: Deseo que me acompañéis a la panadería.

Cuando llegaron, le pidió al tendero.
Señor tendero, pan para todos, ¿y ese chorizo que cuelga ahí tan solito? ¿Y esa morcilla tan negra que nadie la quiere?

Todos jubilosos reían y hasta cantaban... Se sentaron alrededor de una fuente, y tal cual había ordenado el frailecillo, a todos les dieron de comer en abundancia; el pan estaba recién salido del horno y se pusieron hasta las botas... es un decir... porque la mayoría iban descalzos.

Por lo que, después de comer y compartir un buen rato, el frailecillo demostró, una vez más, su excelente condición y humanidad.


Aprovechando que llevaba consigo una bolsa llena de dinero, los llevó a la zapatería y les compró calzado a todos. Después de eso, pasaron toda la tarde jugando a la pelota, la cual estaba confeccionada de trapos viejos.

Ya entrada la noche, uno de sus hermanos frailes salió a la puerta y le dijo:
Frailecillo, ¿es que no piensas venir nunca o qué?


Él se despidió de sus amigos y, cuando ingresó a casa, le comentó al hermano mayor: ¿Qué satisfacción más grande, ver las caras de esos niños? Les ha vuelto la sonrisa y la alegría.

No sé si me he pasado, y espero que lo juzgues tú... Luego le contó lo sucedido. Le dijo que ellos estaban muy necesitados y que hubiese muerto de pena si no les hubiese podido ayudar.

También les he dicho que si sus mamás no tienen alimento o medicina... que no duden en venir al monasterio. ¿Les vamos a ayudar, verdad?

-¡Bueno, les ayudaremos y trataremos de hacer lo que podamos por ellos!

Siiiiii. ¡Podríamos, con el dinero de mi caja, hacer un listado de alimentos básicos; tal vez comprar pan y huevos, así como legumbres y garbanzos!


-¿Será como tú deseas, pero lo haremos todo con un horario establecido, y tú tendrás que estar presente, porque tú lo has ideado, todo vale? ¡Sí... sí, gracias, hermano mayor! ¡Verás qué contentos se ponen todos!

Al día siguiente, el frailecillo salió a jugar, y cuando iba para la plaza, se encontró a una mamá con un bebé en brazos.

La mujer estaba en la tienda llorando, porque el señor tendero ya no le fiaba más. La mujer tenía hambre, pues llevaba días sin comer; y su bebé estaba muy desnutrida y malita.

El frailecillo se acercó y le preguntó:
Cuéntame... ¿Qué te pasa?
-Ella le contó que se sentía exhausta, porque no había probado alimento en días, y su pequeña bebé, por igual.


El frailecillo la animó diciendo:
¡Vente conmigo! Cogiéndole al bebé, iremos al mercado y compraremos lo que necesites para ti y para tu bebé.

La mujer prosiguió con su relato, comentando que el padre de su hijo la había abandonado y, aunado a ello, el casero la había echado a la calle; razón por la que últimamente estaba durmiendo en el escalón de la puerta.

El frailecillo le dio una manzana, un plátano y dos peras. Estaba muerta de hambre; se dispusieron con afán a darle bocados a las frutas, hasta terminar con ellas... Ni siquiera ha tirado los huesos de las peras. Ha comido todo lo que han deseado... Ya satisfecha, ha dado de mamar a su bebé.


El frailecillo volvió al monasterio y le ha dicho al hermano mayor lo que le había pasado con la mujer.
-¡Oh... has obrado muy bien!

Sabes... es una mujer muy dulce y guapa... haciendo así que al hermano se le subieran los colores al rostro.

-Este respondió: ¿A sí?... ¿Muy bien; algo más que contar de tus hazañas, frailecillo?

Sí, una más, pero esta no te va a gustar.
-Venga... di cuenta ya, que me tienes en ascuas.

Como la mamá no tiene a dónde ir con su hijita, y no puede trabajar en el campo... pues ha venido conmigo, y está afuera esperándonos.

-No puedo creerlo... Al paso que vamos, no sé qué haremos, pues no puedes llenar este lugar de personas... ¡Cada día me lo haces más difícil!

Te lo suplico, rogaba el pequeño frailecillo, prometiendo que esa sería la última vez en que haría algo de esta naturaleza... mientras cruzaba los dedos por la espalda, pues bien sabía que seguiría ayudando a quien lo necesitara.

—Bueno —dijo el hermano mayor—, hablaré con la hermana Carina; y después de una corta conversación, esta, por supuesto, aceptó cómo la vamos a dejar en la calle con una bebé.

Le prepararon una celda para ella y su hija, y estaba de lo más contenta y agradecida.

El frailecillo se encontraba un tanto apenado, pues en los últimos días había gastado mucho dinero, pero para su sorpresa, al ingresar a su alcoba, encontró que su caja estaba llena de dinero, otra vez.

Él jamás se tomó el tiempo para reflexionar de dónde provenía el dinero; al contrario, rápidamente el frailecillo comenzó a hacer planes para el próximo día... y así se sucedían todos los días.

En fin, retomando la visita del joven rey al monasterio, cuando arribó, preguntó por el fraile a quien había arrollado días antes con su caballo.

El hermano mayor mandó llamar a todos los frailes que estaban en el lugar... pero el príncipe replicó:

¡No... no es ninguno de ellos! ¿No hay alguien más?

El hermano mayor respondió que en el pueblo de la sierra, esa misma mañana, había salido un padre franciscano con un joven frailecillo, y que estarían en la sierra por espacio de una semana.

El rey le dijo al hermano mayor... que necesitaba hablar con él, pues creía recordar que ese frailecillo tenía su mismo rostro.

Además, agregó que tenía conocimiento de que su padre le entregaba al monasterio una mensualidad de dieciocho mil reales.

El hermano mayor estaba bastante sorprendido, pues era verdad que eran idénticos... No sabía qué decir, pues lo sucedido no era de su conocimiento... Era cosa antigua, y él ni idea del acuerdo a que llegó el rey con el encargado del monasterio de ese entonces.

El rey se marchó, pero no sin antes ordenar que, en cuanto el frailecillo regresara de la sierra, fuese a buscarle a palacio.

El rey, al llegar al palacio, fue llamado por el notario para informarle lo que su padre había dejado en su testamento, en el cual dejaba ordenado que el dinero destinado al monasterio debería ser duplicado.

El hermano mayor, preocupado por la insistencia del rey, comenzó a investigar en papeles antiguos.

Después de mucho indagar, encontró un documento en el cual el rey había dejado a su hijo incapacitado para que lo adoptaran los frailes.


Ya enterado de que el frailecillo era un príncipe, se echó las manos a la cabeza diciendo: ¡Dios mío, qué grandes son tus designios!


Cuando el joven frailecillo volvió de hacer sus obras humanitarias, el hermano mayor... esa misma noche, le envió el aviso al rey, quien no deseó esperar más, por lo que en ese mismo momento se personó en el monasterio.

Cuando el reloj marcaba las once de la noche, arribó el rey... Llamaron a la puerta del monasterio y todos se preguntaban qué grave situación se presentaría para ser molestados a esa hora.

-Toc, toc, toc... tocaban sin parar. ¿Quién es?
-Su majestad el rey.

Las puertas se abrieron inmediatamente y, por petición del rey, enviaron a llamar al frailecillo y los presentaron.

Han pasado al recibidor y el frailecillo, desconociendo toda la historia, se ha alegrado mucho de ver al rey.

Su majestad le preguntó si él tenía idea o una explicación de por qué se parecían tanto.

El hermano mayor interrumpió, diciendo:



Majestad, es vuestro hermano; y quiero deciros que yo me he enterado, apenas esta semana.

Su majestad, después de vuestra partida, he investigado en los archivos antiguos, y aunque trabajo me ha costado encontrar la verdad, por fin logré hacerlo; pues debéis saber que esta información estaba clasificada como alto secreto.

-¡Ahhh! Ahora todo está muy claro; con razón del parecido y del porqué de la entrega de este pago mensual.

El príncipe, consternado por la noticia, no podía dejar de sentirse tristemente emocionado por el infortunio de su hermano.

Luego de conversar por un rato, y de asimilar lo acontecido... un poco más repuesto, el rey expresó que todo estaba claro, diciendo:
¡Eres mi hermano! ¡Ven a mis brazos... que con aprecio y felicidad os recibo en mi corazón y en vuestra casa!...

Porque a partir de este momento os venís a vivir a palacio y a ocupar el lugar que os pertenece.

El joven frailecillo respondió que era una inmensa alegría saber que tenía un hermano de sangre; agradeció la buena voluntad del rey.

Conversaron casi hasta el amanecer, y cuando el rey le dijo al frailecillo que se preparara para marchar, este le expresó que no era su deseo partir, pues su vida estaba en el monasterio, para ayudar a los más desafortunados.

-¡Ahhhh! Exclamó el rey... ¡Con que tú eres el frailecillo que va dándole dinero a todo el mundo! Debéis saber que en palacio no se oye otra conversación que no se trate del buen hombre que sois.

¡Hermano mío, tenías que ser! Ven, permíteme abrazarte de nuevo, por vuestra loable labor... y déjame decirte que desde hoy trabajaremos los dos, codo con codo, para borrar la miseria del reino que tanto queremos.


El frailecillo, profundamente emocionado, respondió:

Bueno, mi hermano... por la forma en que me lo planteáis; imposible se me hace negarme a la voluntad del rey... ¡Muchas gracias, será un placer!

- El agradecido soy yo, pues he encontrado a mi hermano, quien es un ser excepcional. Si deseas algo, solo debes pedirlo y vuestros deseos serán concedidos.

Por el momento, solo desearía que acojas a una joven mamá, con su niñito como doncella; y como sé que pronto te casarás, ella os podrá servir, pues es la persona ideal... Es muy servicial, y trata con respeto y ternura a todo el mundo.

-¡Vale! Ella también será tratada con aprecio y respeto, y tendrá un lugar especial en el castillo.

Los dos hermanos volvieron a abrazarse y partieron juntos, haciendo de su reino el más próspero de todo lugar... y fueron felices para siempre.




Enrique Nieto Rubio
Derechos de autor
Colabora en imágenes.
Silvia Regina Cossio Cámara.

sábado, 28 de julio de 2012

**Entre margaritas. en (poemas)



Llorando está... Entre margaritas, 
con su tierno corazón destrozado; 
Por causa de otra dama maldita... 
Que a su amor le ha robado. 
Llorando está en su jardín. 
Lamentándose y desconsolada. 
Pues le ha robado la vida... 
Una bruja muy malvada. 
Llorando entre margaritas, 
Hasta el anochecer, 
Con un dolor tan inmenso, 
Que no se puede contener. 
Tirada entre flores está... 
Mirando fijamente hacia el cielo;  
Ahogando sus penas por su querer, 
Pues se le fue su amado bandolero. 
Él partió en busca de otra mujer. 
Y ella tirada en el suelo. 
Siente que el mundo
 Se derrumba bajo sus pies. 
¡Nada sabe de lo nuevo! 
Ella nada y a nadie.
 Quiere entender. 
Solamente sabe,
 Que si no está su caballero, 
En este suelo morirá. 
Pensando en un te quiero; 
el cual la vida le arrebató.
y que nunca volverá. 
Enrique Nieto Rubio. 
*Derechos reservados* 
Colabora en imagen.
 Silvia Regina Cossio Cámara.